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Thursday, 04 January 2018 17:07

OPERACIÓN NAVIDAD

Hoy empiezo la Operación Navidad: me toca poner el árbol. Bueno, me toca…, me toca como todos los años y todos los años despotrico pero esto es como lo de los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber, pues así…

Es 21 de diciembre, hace un día soleado y frio. Hay dos paisajes perfectamente delimitados, donde da el sol es limpio, luminoso, alegre, donde las montañas proyectan su sombra se vuelve fantasmagórico; por cosa de las asociaciones, me recuerda el pasaje de la casa lóbrega y oscura del Lazarillo de Tormes.

Si  tuviera cerca un centro comercial de esos enormes donde casi no tienes que pensar lo que vas a comprar porque ellos saben todas tus necesidades…  Como no es mi caso, tengo que echar mano de los recursos que tengo al alcance.

Voy camino de unos prados que hay por debajo del pueblo donde tengo localizados unos manzanos muy viejos repletos de muérdago. Este año repito “vestuario”. Hace unos años, mi hermano me hizo una estructura cónica con mallazo y desde entonces la forro como si fuera un abeto. He usado ramas de acebo pero por mucho cuidado que pongo siempre me pincho, también de tejo pero tiene unas hojas finas como agujas y cuando se van secando se caen. Así que el muérdago es la mejor opción y lo tengo más cerca.

Alguno pensaréis que ando un poco tarde para poner el árbol pero es que aquí la Navidad no empieza un mes antes; dura exactamente lo que tiene que durar, de Nochebuena a Reyes.

─¡Vamos Laro!.

Este año he estado más avispada y me he traído a Laro para que me ayude a subirlo. El año pasado cargué tal coloño a las espaldas que casi me descoyunto antes de llegar a casa.

─¡Hala! ¡Mira cuanto muérdago hay, mogollón!. Uy, a ver como subo yo a este árbol con lo ortopédica que estoy. De momento he subido, ya veremos como bajo. Me enredo entre los brazos arrugados del manzano y voy cortando muérdago dejándolo caer el suelo. Se poda muy fácil solo que algunas ramas me cuesta alcanzarlas y pienso que tan lista, tan lista tampoco porque con un hacha me hubiera ido mucho mejor.

Ya en el suelo hago acopio de las ramas y las distribuyo en dos montones. Las ato con una cuerda y se lo cargo a Laro. Tengo que pisar el cordel en corto porque su tendencia es a escaparse. No me ha quedado muy curioso, pero sí he sido precavida colocándole antes sobre  el lomo un saco. Que yo sepa, aún no anuncian Eau de Laro.

─Venga Laro, vámonos ya. Arre borriquito, arre burro arre, arre borriquito que llegamos tarde…

 

 

 

 

 

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Wednesday, 28 June 2017 17:34

HACIENDO DE VAQUERA

(o pseudo-vaquera)

Esta mañana Alberto tenía que cambiar unas vacas de prado y me ofrecí voluntaria para ayudarle. Subimos en el Land-Rover hasta el punto de partida. Allí me repite las indicaciones oportunas ─siempre escuetas porque mira mucho por las palabras, pero yo, que soy una chica lista lo pillo al vuelo ─. Me saca las vacas de donde estan cercadas, y seguidamente se va a terminar de colocar el pastor eléctrico donde las tenemos que llevar, recordándome antes que él se acercaría a encontrarme unos metros antes de donde tenía que llegar ─más o menos dos kilómetros─. Son sólo cinco vacas, dos terneros y Charlton, el toro. Aparentemente una tarea sencilla: Arrearlas desde Payernu a través del monte, bordear los prados pasando por detrás del invernal de Elías y bajarlas por Bejanu hasta llegar al Teju (estos datos solo para los que lo conocéis, al resto ya se que os va a sonar a chino, pero es importante un google maps zonal).

Únicamente me advierte antes de irse:

 ─la Leti anda a toru. Mira a ver si la tora de caminu,

 ─¡Sí hombre, justo ahora la va a torar!. ─le respondo con aire de suficiencia.

Cojo mochila, palo y chubasquero ─parece que va a llover─ y con Roko al lado, encamino las vacas sin problema, pero no transcurre ni un minuto cuando una de ellas empieza a montar a otra y el toro quiere unirse a la banacal, empieza a perseguirla. Se salen del camino, las vuelvo a traer y al llegar al torno donde las tengo que desviar, Charlton “¡con lo fácil que sería llamarle Bobby!” se pone a montar a la Leti y como la vaca no “espera”, desde que la monta hasta que consigue deshacerse de él,  conlleva un desplazamiento de 20 metros a una velocidad de vértigo ¡por el camino que no tienen que ir!.  Más tarde me entero –lo que no quiere decir que lo entienda─ que una vaca puede andar a toro (estar en celo) pero no esperar, es decir, no estar receptiva aún. ¡Se tiene que poner a fuerza de insistencia!. ¡Que rara es la naturaleza a veces!.

  

 

Dejo dos atrás y corro detrás de las que se escapan camino arriba por una pendiente inclinada (excesivamente pindia), pero si yo corro, ellas corren más. Pasan la Fuente los Pastores y yo ya estoy sin resuello (pienso algo que no voy a decir aquí). Intento acarear las que quedan atrás para ver si las otras vuelven, pero como estas tienen las crías adelante, me esquivan sin ninguna dificultad y se unen al grupo. Paro y tomo aire “mi corazón revolotea como un pájaro enjaulado, para o morirás en un camino”. Ya alcanzan el sestil de Pandechunu, retomo la marcha tras ellas y no sé por qué motivo (les ha dado otra ventolera), se tuercen ellas solas hacia el chozu. “¡ya está, ahora las ladeo por arriba y las reconduzco al camino!”, pero ¡que vá! Roko que ha decidido intervenir otra vez, empieza a ladrarlas y las vacas salen en estampida alisnando vaguada abajo. En menos de un minuto descienden 300 metros “¡para que hablas de números si calculas fatal!” y vuelven al punto de partida a pacer tranquilamente.

Reinicio recorrido, esta vez un poco más avispada poniendo toda la atención antes de llegar al torno de la encrucijada. La Leti sigue montando a la otra (no sé como se llama) y revolucionando al resto “¡como puede ser tan puta una vaca con nombre de reina!”. El toro vuelve a la acción. Ya estoy muy enfadada, las grito, insulto... y en una de esas,  BobbyBig me mira desafiante “bueno, o simplemente me mira” y por unos segundos entro en pánico, sólo veo unos cuernos retráctiles como el miembro toril, pero reacciono y me digo, ¡este a mi no me amedrenta!, le doy unos palos y corro a esconderme detrás de unas escobas, por si acaso. ¡Qué decisión más inteligente!, otra vez salen disparadas camino abajo como si les hubiese picado la mosca. “¿Como una mole de carne con patas que pesa cerca de mil kilos puede desplazarse a esa velocidad?". Ya están otra vez en la casilla de salida.

Desando el camino completamente desmoralizada. Tengo una llamada perdida de Berto (no se ve por la niebla pero escuchará los cencerros y deducirá que tengo dificultades), le llamo pero no hay cobertura. Bajo convencida de que a la tercera va la vencida. Si no consigo pasarlas el torno me voy para casa (o a coger rebozuelos) y que les den.

Vuelta para arriba. Misma faena. En un momento dado se activa la música del móvil, una pieza de Paganini que desintencionadamente sale por defecto “¡a ver si es verdad que la música amansa a las fieras!”, en el silencio que envuelve la espesura de la niebla parece que reaccionan a la misma o, por un momento ilusorio, eso me creo yo.

Oigo vocear a Berto a lo lejos pero ni le contesto, ¡de qué me sirve!. Consigo enveredarlas por el sendero del torno que se adentra en el bosque “¡Ahora será más fácil!” y a los pocos metros escucho la voz del todopoderoso que ha venido en mi ayuda. Las conducimos sin ningún problema, como si fueran corderos a punto de ser degollados. Tengo la sensación de que me han tomado el pelo. “Abrevia Tina, ¿quién se va a leer este tocho pastoril?”.

Durante un buen rato todo va bien pero vuelven a hacernos rabias (casi que me alegro porque la sensación de inutilidad se hace colectiva). Los amantes escapan prados arriba a su bola, las otras se desbandan para el lado contrario, una de ellas se traba con la cuerda del pastor y la arrastra varios metros enredándola entre brezos y escobas, casi le engancha una pierna a Berto “Dios no lo quiso porque se la hubiera amputado”. Está jarreando, camino entre “llamizales” y ya me da igual sortear las pozas porque llevo caladas hasta las bragas.

Cuando llego a casa estoy fatigada, destemplada, muerta de hambre y chorreando agua. Tengo unas ganas tremendas de llorar, pero no lloro.

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Thursday, 07 July 2016 22:36

DOBRES Y CUCAYO A VISTA DE DRON

 

 

 

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Saturday, 05 March 2016 18:09

LA DURACIÓN DE UN INSTANTE

 

Despierto, abro los ojos. Acaba de amanecer. Mi primer pensamiento es el incesante anuncio de nevadas. Anoche cuando me acosté, nevaba. Por la inusitada claridad y el silencio sepulcral, intuyo que ha caído un buen manto. Me levanto y me acerco a mirar por la ventana con la misma emoción de un día de Reyes años atrás. Me asomo con cautela, como si la nieve acumulada dependiera de mi vista. “—¡Bah, no es para tanto, no llega a una cuarta!”.

 

Son casi las 9, me visto y salgo a la calle. Me quedo clavada en la puerta seducida por la imagen que se abre ante mí. Está todo cubierto de un blanco inmaculado, sólo algunos elementos verticales (paredes, peñas, troncos de árboles) rompen la pureza. “—¿Cómo sería verlo a vuelo bajo?”.

 

El polvo níveo adopta las formas donde se ha posado con una suavidad enternecedora, como si hubiera un pacto mudo de no agresión entre el cielo y la tierra. No hay sonidos, hasta las aguas bravas del Ríofrío están calladas. No hay movimiento, excepto las volutas de humo que asoman por un par de chimeneas. No hay pueblo, ni personas, ni animales; incluso los pájaros han enmudecido. 

 

La quietud es extática (si fuera en negro sería inquietante). El cuerpo mañanero es cálido, solo advierto el frío en la piel descubierta. Aspiro profundamente intentando llenarme, noto un cañón helado subiendo por mis fosas nasales; los pulmones se hinchan expectantes, sin embargo, no se produce ninguna fusión. “—¿Qué esperabas?”

Me encamino hacia la Posada. Ni siquiera verdea Bárago. Alzo la vista al cielo, el azul es profundo, invariable, ausente de nubes. Dependiendo de donde mire, solo se aprecia una paleta de dos colores. Me recuerda a Kandisky, ah no… ese otro, el francés, Klein, Yves Klein.

Una mancha iridiscente se desliza por la peña del túnel; el sol que anuncia marzo se ha vuelto madrugador. Empiezo a sacar fotos con el móvil pero en cada disparo, además de temer que se pueda romper el hechizo, pienso “¡qué tontería, ni el mejor objetivo del mundo podría captar esto!” así que lo vuelvo a guardar.

 

Rodeo la casa observando las formas voluptuosas que cubre todo. Las cuerdas del tendal han engordado tanto que se me antoja una hamaca ibicenca. Los cables parecen un entretejido de armiño sobre los tejados. Los árboles, antes con las ramas desnudas, tienen el aspecto de copos de nieve gigantes dibujados por un lápiz juguetón. El cercado del prado de arriba es una sucesión geométrica de cuadros perfectos. Del enebro, acebos y tejos cuelgan figuras que me recuerdan las gárgolas, no, mejor fantasmas traviesos jugando al escondite (las gárgolas siempre tienen algo de siniestro). Las mesas y las sillas del jardín parecen cubiertas por sábanas en un desván a cielo abierto. 

 

¿Por qué aguzo los sentidos como si viera la nieve por primera vez?, es como si fuera un espejismo que en cualquier momento va a desaparecer. ¡Eso es!, ¡el sol!. Estoy tan absorta que me olvidé de él. ¿Por qué tiene esa manía de correr?. Avanza dionisiaco y contrariamente me dan ganas de gritarle: ¡espera! ¡todavía no!. ¡Qué frágil y delimitada es la línea entre la vida y la muerte!. Lo que hasta ahora era un blanco lechoso se torna gris plomo. El paisaje se vuelve sombrío y pierde intensidad ante la luz cegadora que va ganando terreno. Desplazo la mirada a este nuevo escenario. 

 

Se inicia una danza tímida, primero se sacuden los alambres y las superficies más vulnerables. El ritmo se acelera, los árboles se desperezan y arrojan haces de polvo luminoso. En unos minutos, el espectáculo llega a su punto álgido, me sugiere un festín de boda que termina en bacanal: vuelan velos, bombines, medias, flores, confetis… Mientras, la tierra lo acoge todo sin rechistar, como un gran lecho maternal. 

 

Las gallinas buscan avezadas donde picotear. Oigo el ruido de un Land Rover que se acerca. Los terneros están brincando por la era y vuelvo a escuchar el trino de los pájaros. Ya están todas las chimeneas de Cucayo encendidas. Es hora de preparar el desayuno para los huéspedes. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Thursday, 26 November 2015 19:38

Hay que matar el gallo

Con este anuncio se presenta mi madre a desayunar esta mañana. Cuando de su boca sale algo que empieza por “hay que” nos empezamos a mirar todos porque esto encierra múltiples significados, que no por consabidos, dejan de producir un ligero estremecimiento. 

  


 

 

“Tiene que ser hoy, ahora, ¡ya!. Otro significado: Ya sabéis como va esto. Yo le mato, vosotras hacéis el resto”.

 

_ Ana, ¿vas tú?. (entre súplica y hecho).

_ ¡Pues no!. _Tú siempre te escaqueas.

_ La última vez, la oveja del lobo, ayudé yo a tío Elías a matarla.

_ ¡Ya! ¿y cuánto hace de eso?. _Además fue porque estabas sola.

_ ¡Mira!, hacemos una cosa. Una le pesca, le ata y ayuda a mamá y la otra le pela.

_ Vale, me pido cogerle. (Pensando solo en la parte de -le pesco y le ato-).

 

Sin demorar más, me armo de decisión y salgo en busca del gallo.

 

_ Mamá, ¿cual es?, ¿el blancu?

_ ¡Nooo mujer, el otru, el pintu, el que es pedrés!

 

Busco por los alrededores de casa y no tardo en ver que está en la tierra de abajo con todo su séquito gallináceo. 

 

_ Pipi, pipí. Píííípi.

 

Les acarreo hacia la cuadra chica. Allí, encerrado me va a resultar más fácil cogerle. Llevo puestos unos guantes. Toda precaución es poca. Cierro la puerta y comienza el baile. Es una algarabía de gallinas, plumas y cacareos.

 

Ahora palante, ahora patrás. Le voy reduciendo. Cojo un gabán viejo para darle caza. Por momentos veo un Eduardo Manostijeras en versión Freddy Gruber. Es todo pico y uñas afiladas.

 

Algunas gallinas revolotean ¡qué cosas! Y se empiezan a escapar por el cuarterón de la puerta que dejé abierto. ¡Pero que tonta!. No. Es el subconsciente. No. El consciente. El gallo se arremolina debajo del carretillu. ¡Ahora!. ¡Que va!. Vuelve a salir disparado. ¡Otra intentona!, ¡pero que torpe!. Ya está poseído, pero yo persisto en mi intento. De repente ¡oh! se escapa, también por el cuarterón. Quedo sola dentro.

 

Salgo corriendo persiguiéndole con desgana y se mete en la cuadra del toro. Le sigo, pero se sube al cumbrial (la viga más alta de todo el pajar)  y se queda allí agazapado en un hueco.

 

¡Vaya putada!. No puedo alcanzarle.

 

Voy a casa contarles el desenlace. Me encuentro de camino a Alberto. Le cuento a ver qué si ofrece ayuda. 

 

_ ¡Sí queréis, yo le pego un tiro!

 

_ ¡Arggg!. ¡Siempre tan resuelto!. ¡Como si encima tuviera buena puntería! 

 

¡Bueno, siempre queda la opción de que a mi madre se le olvide que hay que matar el gallo para nochebuena!.

 

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Monday, 28 September 2015 11:56

... Y DE REPENTE LLEGARON 10 CHINOS

 

Poneros en situación. Una tarde anodina de principios de otoño. Ana, Berto y mi madre se han ido a sacar patatas. Estoy sola y aprovecho para hacer algunas cosillas en recepción. Puede llegar cualquiera, pero lo más probable es que sean Onofre o Lipe a tomar un vino.

 

De repente se abre la puerta y entran dos asiáticos (hombre y mujer) se dirigen rápidamente hacia mí:

"_¡Loom, loom!, _me dicen al unísono".

Como no reacciono, me hacen el gesto de dormir. 

 

Ahora ya pillo, pero mi estupefacción se reactiva porque me piden ¡five looms for ten people!. Vuelvo a no entender nada hasta que miro hacia fuera y veo más chinos (ahora ya sé que son chinos) bajándose de un coche y un furgón. Aunque tenemos habitaciones disponibles, hago tiempo para intentar encajar que pintan por aquí diez chinos sin reserva previa. ¡Claro que viene gente sin reserva, sobre todo extranjeros, pero uno o dos, ¡no diez y menos de la China!.

Les enseño las posibles habitaciones y les digo precios. Me dicen que se quedan y que también quieren cenar. La entrada de la posada se convierte en un hervidero de chinos (7 mujeres y 3 hombres). Se van sucediendo con sus respectivas maletas (que portan en vertical, y algunas se elevan por encima de ellos). En cuestión de segundos, hay 20 elementos moviéndose desorientados que, sobre todo para mi tranquilidad, necesito ubicar de inmediato.

 

Una vez que se acomodan, me bombardean pidiéndome la clave wifi. Aunque queda una hora para la cena (querían cenar antes, pero al estar sola les digo que no puede ser), se empiezan a instalar en el comedor. No tengo las mesas puestas, pero da igual, se van sentando por grupos o solos en las que les parece. Es decir, ocupan todo el espacio. 

 

Me piden agua para sus teteras y cubren las mesas de móviles, tablets, artilugios varios y comida, mucha comida envasada china. Me piden permiso para beber de su vino. Uno de ellos me requiere un abridor y no sabe utilizarlo. Perfora el tapón hasta el fondo con cápsula y todo. Se lo abro y me da “galcias, galcias”. Palabra al cuadrado, que en el transcurso de 15 horas, repetirán tropecientasmil veces.  

Me convidan a una copa de su vino (blanco de Rueda) y quieren brindar. El vino está como caldo. Me ofrecen también de su comida y, por supuesto, quiero probarlo. Lo primero, una especie de brotes vegetales macerados que están muy sabrosos. Después cojo de otra bolsita una especie de carne prensada, blanquecina, alargada, gelatinosa y muy picante. Me observan y se ríen (ríen todo el tiempo). Mientras mastico, tropiezo con algo duro y me hacen señas para que lo escupa. Me voy hacia la cocina con un par de trozos más (básicamente para escupir la parte dura) y de repente noto algo puntiagudo en la boca. Saco el trozo de carne, lo visualizo y ¿qué es? ¡Una pata de pollo con uña incluida!.

 

Vienen los de casa y les cuento el panorama. Ana se parte de risa y me replica que, sí la uña estaba limpia, ¡para qué le doy tanta importancia!. Comentamos un poco que podemos darles de cenar y decidimos hacer una crema de verduras, lomo con patatas, croquetas y algo más. Anteriormente me habían indicado que les gustaría probar comida local (más tarde veréis que les interesaba un pimiento la comida de aquí).

 

Van cogiendo confianza y ya entran a la cocina a pedirnos las cosas y a coger ellos mismos el agua para el té. En una de estas, el líder -un chico joven, inquieto y muy echao p’alante- (me gustaría ponerle nombre pero no puedo, porque por más que les pregunté, no conseguí quedarme con ninguno) me dice que si nos pueden ayudar, que les gustaría poder cocinar una parte de su cena. Como la comunicación es muy complicada y no sabemos bien que darles y si les gustará, accedemos. Tenemos que aclarar en nuestra cocina normalmente no entran los huéspedes -salvo excepciones- clientes-amigos que han venido en varias ocasiones u otros que, después de varios días con nosotros, les invitamos a cocinarnos platos típicos de sus lugares de origen. Nunca, el primer día.   

 

Así que la situación es, que si antes desfilaban por el comedor, ahora es por la cocina. Van entrando las chicas (los chicos no cocinan, solo en los festivales) y tal, como un ejercito de hormigas, van tomando posiciones. Nos van pidiendo ingredientes y como varias de ellas no hablan inglés, las dirigimos directamente a la nevera para que cojan lo que necesitan.  Mayormente patatas, huevos y verduras varias. En unos minutos nos quedamos sin existencias de tomates, puerros, pimientos…  La cocina se vuelve una caja de sonidos sincronizados: taca, taca, taca, plás, plás, plás, fsss, fsss, chup, chup, también clic, clic..., porque cada secuencia queda capturada en un móvil. 

 

 

 

Ahora mi preocupación es el resto de huéspedes. Me voy al comedor a poner orden. Entre todos los trastos, veo que debajo de una mesa está la cubitera que tenemos siempre en el comedor. Me acerco a quitarla y al mirar en su interior, compruebo que la han utilizado con fines distintos que también terminan en “era”. 

 

De las tres habitaciones restantes, vienen a cenar dos de ellas: una pareja joven de británicos encantadores y super-educados que ya lleva un par de días y otra pareja de Madrid que acaba de aterrizar y todavía está aclimatándose. Les pongo en un extremo e intento hacer de parapeto entre los chinos y ellos, porque los primeros siguen invadiendo todo. Además de la procesión cocina-comedor, son ruidosos, eructan y escupen comida en el plato, etc. Los ingleses sonríen ante mis explicaciones y concluyen con un “it’s a different culture”. A los madrileños me cuesta más explicarles que no es algo habitual en nuestra casa un do-it-yourself en la cocina. Desde luego, que no es el mejor marco que podemos ofrecer, la primera noche que llegan.  

Acordamos con ellos (los chinos), que podían prepararse parte de su cena, pero otra se la serviríamos de la nuestra. Una vez que comieron lo suyo, sacamos lo nuestro. A todo decían que estaba muy bueno pero dejaron parte de la comida a medias. Es la primera vez que veo volver croquetas del comedor a la cocina. Puede ser que ya estuvieran a rebosar con su festín de comida, pero también -como me explicaron después- que la cocina española está ok pero es muy simple. Ellos utilizan muchos más ingredientes. Aún así, nos pidieron guardárselo para el día siguiente, junto con un tupper de paella que traían del anterior restaurante (para finalmente ir todo a parar al caldero de los chones).

  

 

Quieren saber lo que cuesta la cena y me quieren pagar con un billete de 500 €. De momento prefiero no cogerle y les digo que ya pagan todo mañana.

 

Estaba tan saturada, que en cuanto pude, salí a airearme un poco al porche. Acto seguido sale a fumar uno de los chinos. Sale rugiendo como una hormigonera, que se para en seco en cuanto lanza un escupitajo a la carretera (a dos metros de mí). Insiste en darme un cigarro y yo ya no quiero probar más cosas chinas. 

 

Van saliendo otros y me dicen que están muy felices porque les hemos permitido preparar su comida. Aprovecho para saber algo más de ellos. Principalmente como han llegado a Cucayo. La mayoría de extranjeros lo hacen por Lonely Planet o Booking. Pero estos no. No sé como narices han llegado hasta aquí (me insistían que con el GPS). El líder, me enseña en el móvil el itinerario de viaje (el resto no sabe cual es su siguiente destino). Obviamente, está todo escrito con caracteres chinos y cada pocas líneas aparece el nombre de una población: San Sebastián, Santillana del Mar, Fuente Dé, CUCAYO, Salamanca, Cáceres, Lisboa, Sevilla… De lo que sí me entero, es que provienen de distintas ciudades (Shangai, Xian, Beijing, Quingdao, Tianjin, etc.) y lo más sorprendente: ¡son amigos de Internet y se han visto por primera vez en este viaje!. 

 

 

Están tan contentos que también les gustaría hacerse el desayuno porque no toman ni café, ni zumo, ni tostadas. Quieren empezar a las 7.30 h. a prepararlo. Le digo que de acuerdo, pero con la condición de que vengan sólo dos de las chicas y sin hacer ruido. Vemos qué se pueden preparar, porque prácticamente nos han dejado sin existencias, y me piden mucha harina y mucho arroz, junto con alguna otra cosa. 

 

Cuando llego por la mañana pronto (pero más tarde que ellas), se repite el escenario de la noche anterior. Tienen todo controlado con una diligencia cuasi matemática. Se manejan en la cocina como si llevaran toda la vida en ella. A las 8.30 h. se van incorporando el resto. Hicieron hasta pan. En un momento dado, entra Alberto y flipa. Dice que si no nos podemos quedar con una de ellas, que incluso puede casarse con alguna, que las hay bien guapas (sic).

 

 

 

Algunas recogen los cacharros que han utilizado, otras nos lo dejan todo empantanado. Tengo que quitarles un repollo al vuelo, que también querían comérselo, porque lo necesito para el cocido. Mientras ellas preparan todo, los 3 chicos se van tomando un aperitivo en el comedor. De toda la comida que hacen, nos dejan una porción para que probemos nosotros. Mi madre reniega por lo bajo y dice que eso es lavaza pa los chones. No por nada, sino porque tanto las patatas como las verduras están cocinadas casi crudas. 

 

 

 

 

Cuando voy a cobrarles, el líder tan dicharachero se torna sombrío y me pregunta si el desayuno no estaba incluido en el precio de la habitación. A lo que le matizo “sí, nuestro desayuno, no el vuestro”. Y me vuelve a sonreír de oreja a oreja. Mientras, le digo a Berto que si él sabe como identificar un billete de 500 falso y si no, que investigue corriendo en Internet. 

 

Antes de irse nos dan abrazos y el consabido galcias. Les saco la última foto-vídeo y pienso para mis adentros: ¡bye, bye China!. Tengo la sensación de que ha trascurrido una semana entera.

 

Otro dato curioso. Se van a las 10 de la mañana dejando todas las luces de las habitaciones encendidas.

 

Desde hace unos días, me acuesto y me levanto con una sola imagen en la cabeza: uña-pata-pollo.

 

  

 

 

 

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Friday, 28 November 2014 16:29

UNA FABRICA DE EMOCIONES

Estas son algunas de las actividades de grupo que se han realizado este otoño en La Posada de Cucayo. Los organizadores han tenido la gentileza de relatar en primera persona como vivieron la experiencia. Hay para todos los gustos: Paseo entre hayas, avistamiento de aves y ruta BTT. Esperamos que lo disfrutéis.

 

 

EL OTOÑO DE LAS HAYAS por Fernando Camacho -  Alaventura

 

Desde hace ya varios años, cada otoño, organizamos un viaje desde Sevilla, para ver y disfrutar de los hayedos de la cornisa cantábrica. Este año pensamos en la comarca de Liébana y descubrir los bosques que se extienden desde San Glorio hasta Piedrasluengas.Personalmente conocía Cucayo, pero hacía de ese viaje más de trece años. Una corta estanciaen la casa de Desiderio, el bar del pueblo, que nos acogió a cuatro amigos, tras bajar de los puertos, una noche lluviosa de otoño. 

  


 

Descubrimos la Posada de Cucayo, por internet y nos agradó la presentación de la familia y el hermoso edificio de madera vista. Ana y Tina nos ayudaron a planificar el viaje y la noche de nuestra llegada nos recibieron como el que llega a su casa.

Durante tres días recorrimos los hayedos de Pesaguero, Barrio y Ledantes, así como los altos próximos a los Puertos de Río Frío. Días luminosos, en los que se escalonaban los hayedos aún verdes de los valles, con los ocres de las zonas más altas.

Inexpugnable castillo, el valle de Dobres y Cucayo, refugio para la noche, cena, tertulia y descanso. Un lugar extraordinario, donde la naturaleza se manifiesta firme y el hombre se adapta al lugar, aportando la comodidad que los tiempos permiten, para goce de los viajeros que se atreven a pedir de nuevo acogida, como en mi caso, en esta nueva casa de la familia del añorado Desiderio, La Posada de Cucayo.

 


 

ENTRE GAVILANES Y AGUILAS REALES por Máximo Sánchez Cobo -  El Bichu

 

Un día a finales de verano vino un grupo de gente que quería hacer una ruta ornitológica por los alrededores de Cucayo. Sin duda, un lugar excepcional si lo que queremos es una representación de la fauna de la Cordillera Cantábrica. El grupo, era muy variopinto en cuanto a sus lugares de origen: manchegas, valencianos, murcianos ¡e incluso un holandés!.

 

 

Tras un espléndido desayuno en La Posada de Cucayo, lugar dónde nos quedamos a pasar la noche, comenzamos una ruta circular que bajaba a Bárago, el pueblo que está en el fondo del mismo valle. Atravesamos salvajes laderas con robledal y roquedos, e hicimos una fructífera parada en una atalaya caliza en la que vimos todas las aves rapaces que quisimos.

 

Estábamos disfrutando con una colonia de buitre leonado, cuando en el mismo cantil escuchamos chillar a un halcón peregrino que posteriormente veríamos volando con su pareja. Apareció una culebrera también posada en un árbol seco en la ladera de enfrente, y atravesando el cielo a bastante altura, pudimos disfrutar también de un abejero, gavilán, busardo, y como colofón, un ejemplar de águila real que nos sobrevoló rauda. Además, vimos aves más pequeñas pero no menos interesantes como vencejo real, pico mediano, o camachuelo.

 

En lo que se refiere al avistamiento de mamíferos, no tuvimos suerte porque no madrugamos, pero si que pudimos ver rastros de animales tan interesantes como gato montés o como la marta.¡Otra vez será!

 

 


 

PEDALEANDO A PEÑA PRIETA por Francisco Callejo -  Bike Rider Cantabria 

 

Después de que me encargaran un fin de semana de mountain bike en un lugar apartado del mundo y con una buena cocina, no lo pienso dos veces: ¡Cucayo y su hermosa posada!. Es el sitio ideal, un pueblo que todavía conserva el sabor de antaño y en su posada podemos contar con todas las comodidades necesarias para el mantenimiento de la bici. Tienen una cocina casera única y la posada es muy acogedora y familiar.

 

 

 

El viernes aprovechamos el viaje hacia Liébana para desviarnos y subir a la Braña de los Tejos, y sin duda no defrauda. Nos encontramos con unos tejos de más de mil años preciosos. El sábado después de reponer fuerzas en La Posada de Cucayo intentamos subir a Peña prieta, pero la nieve nos hace darnos la vuelta y cambiar de planes. Aprovechamos para bajar por el camino antiguo de Cucayo hacia la Vega, Las Retuertas le llaman al sendero. Sin duda una pasada para los amantes del MTB. Después de un buen cocido lebaniego bajamos a Potes a la fiesta del "orujo", fiesta declarada de interés turístico nacional, donde los orujeros muestran todos sus productos. Sin duda una fiesta única.

 

El domingo volvemos a intentar subir a Peña Prieta por otra vertiente, esta vez el día acompaña,  y ¡lo conseguimos!. Toda la subida es un auténtico espectáculo; Río Frío, Curavacas, los puertos de Pineda y la ansiada Peña prieta. Un descenso precioso y una gran comida en la Posada de Cucayo para rematar un fin de semana redondo.

 

 

 

 

 

 

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Monday, 14 July 2014 16:27

SIN AVES NO HAY PARAISO

 

Nuestro amigo Máximo elbichu.blogspot.com.es/, gran observador y conocedor del mundo pajaril nos ha regalado este interesante artículo sobre las aves que sobrevuelan Cucayo y alrededores. Esperamos que os guste el reportaje que, además contiene muchas fotografías tomadas por él. 

 

Halcón peregrino  

Halcón peregrino

 

Cucayo (Dobres) es un lugar recóndito enmarcado en la montaña cantábrica. Lo inaccesible del lugar, ha provocado que el quebrado paisaje se haya transformado muy poco con respecto a lo que ha ocurrido en la mayoría del entorno de los pueblos españoles. Digamos que aquí las máquinas han tardado más en llegar, y ello se traduce en un regalo a los sentidos.

 

Por ello, este salvaje lugar, tiene una variedad de aves poco mermada por la civilización. Sólo el urogallo se ha extinguido recientemente en estas montañas. El resto de pájaros que tiene que haber, aquí están. Hablamos de más de 100 especies distintas de aves, que dada la variedad de hábitats, encuentran en los alrededores de Cucayo su casa.

Buitre

 
Buitre 
 
Los cortados rocosos, por ejemplo en los túneles, son la casa de los aviones común y roquero. Del roquero rojo, del treparriscos en invierno. Un bando de los mágicos vencejos reales se deja ver en las tardes de primavera y verano volando cerca de la Peña de las Ánimas. Un ave difícil de ver en la Cornisa Cantábrica. Aves rapaces como buitre leonado, con más de 2 metros de envergadura, el alimoche, el cernícalo vulgar o el halcón peregrino (el ave más rápida del mundo) encuentran aquí un sitio en el que sacar adelante a su prole cada primavera.
 
Gavilán
Gavilán
 
Los bosques caducifolios son el hogar del picamaderos negro, el pájaro carpintero más grande de Europa, y localizado sólo en este tipo de hábitats en España. De las poco más de 1000 parejas estimadas para la Península Ibérica, 3 están en torno a los montes de Dobres y Cucayo. Toda una joya difícil de ver, pero no de escuchar. Otro pájaro carpintero más pequeño pero también muy escaso en España, el pico mediano, tiene varias parejas, sobre todo en torno a los robledales que rodean a los pueblos.
 
En el río podremos ver al mirlo acuático y a la lavandera cascadeña como aves más representativas del mismo.

Subiendo a las cumbres, podremos disfrutar con la presencia de acentores alpinos, bisbitas alpinos, mirlos capiblancos y con suerte, del vuelo de alguna perdiz pardilla.

 
Herrerillo común
Herrerillo común
 
Pero no es necesario salir del pueblo de Cucayo para disfrutar de sus aves. La ventana abierta de nuestra habitación en La Posada de Cucayo nos puede acercar el dulce canto del mirlo común, el penetrante petirrojo, la dulce y apresurada curruca capirotada o el pupular pinzón vulgar.También al potente chochín, el melodioso zorzal común o al omnipresente colirrojo tizón. Podremos ver con paciencia, las evoluciones del herrerillo común, del carbonero e incluso al bonito camachuelo comúnSi es época adecuada (mayo y junio) no nos fallará el mundial cuco.Y si nos atrevemos a asomarnos ya de noche, podremos escuchar el ulular de una pareja de cárabos que crían muy cerquita de nuestra casa (de la carreterera hacia arriba). Desde el jardín no será difícil poder disfrutar con el vuelo de alguna de las rapaces como el busardo ratonero o el gavilán. Oiremos el graznar de los cuervos y cornejas. Veremos también al gran buitre del que hablábamos al principio, y con suerte, a la feroz águila real.
 
 
Esto es sólo una pequeña muestra de las aves que podéis disfrutar aquí. Consulta la guía de aves, cuélgate unos prismáticos, prepara el oído, y disfruta de las aves de Cucayo en la Comarca de Liébana, Cantabria.
 

 

 

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