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Thursday, 04 January 2018 17:07

OPERACIÓN NAVIDAD

Hoy empiezo la Operación Navidad: me toca poner el árbol. Bueno, me toca…, me toca como todos los años y todos los años despotrico pero esto es como lo de los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber, pues así…

Es 21 de diciembre, hace un día soleado y frio. Hay dos paisajes perfectamente delimitados, donde da el sol es limpio, luminoso, alegre, donde las montañas proyectan su sombra se vuelve fantasmagórico; por cosa de las asociaciones, me recuerda el pasaje de la casa lóbrega y oscura del Lazarillo de Tormes.

Si  tuviera cerca un centro comercial de esos enormes donde casi no tienes que pensar lo que vas a comprar porque ellos saben todas tus necesidades…  Como no es mi caso, tengo que echar mano de los recursos que tengo al alcance.

Voy camino de unos prados que hay por debajo del pueblo donde tengo localizados unos manzanos muy viejos repletos de muérdago. Este año repito “vestuario”. Hace unos años, mi hermano me hizo una estructura cónica con mallazo y desde entonces la forro como si fuera un abeto. He usado ramas de acebo pero por mucho cuidado que pongo siempre me pincho, también de tejo pero tiene unas hojas finas como agujas y cuando se van secando se caen. Así que el muérdago es la mejor opción y lo tengo más cerca.

Alguno pensaréis que ando un poco tarde para poner el árbol pero es que aquí la Navidad no empieza un mes antes; dura exactamente lo que tiene que durar, de Nochebuena a Reyes.

─¡Vamos Laro!.

Este año he estado más avispada y me he traído a Laro para que me ayude a subirlo. El año pasado cargué tal coloño a las espaldas que casi me descoyunto antes de llegar a casa.

─¡Hala! ¡Mira cuanto muérdago hay, mogollón!. Uy, a ver como subo yo a este árbol con lo ortopédica que estoy. De momento he subido, ya veremos como bajo. Me enredo entre los brazos arrugados del manzano y voy cortando muérdago dejándolo caer el suelo. Se poda muy fácil solo que algunas ramas me cuesta alcanzarlas y pienso que tan lista, tan lista tampoco porque con un hacha me hubiera ido mucho mejor.

Ya en el suelo hago acopio de las ramas y las distribuyo en dos montones. Las ato con una cuerda y se lo cargo a Laro. Tengo que pisar el cordel en corto porque su tendencia es a escaparse. No me ha quedado muy curioso, pero sí he sido precavida colocándole antes sobre  el lomo un saco. Que yo sepa, aún no anuncian Eau de Laro.

─Venga Laro, vámonos ya. Arre borriquito, arre burro arre, arre borriquito que llegamos tarde…

 

 

 

 

 

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Wednesday, 28 June 2017 17:34

HACIENDO DE VAQUERA

(o pseudo-vaquera)

Esta mañana Alberto tenía que cambiar unas vacas de prado y me ofrecí voluntaria para ayudarle. Subimos en el Land-Rover hasta el punto de partida. Allí me repite las indicaciones oportunas ─siempre escuetas porque mira mucho por las palabras, pero yo, que soy una chica lista lo pillo al vuelo ─. Me saca las vacas de donde estan cercadas, y seguidamente se va a terminar de colocar el pastor eléctrico donde las tenemos que llevar, recordándome antes que él se acercaría a encontrarme unos metros antes de donde tenía que llegar ─más o menos dos kilómetros─. Son sólo cinco vacas, dos terneros y Charlton, el toro. Aparentemente una tarea sencilla: Arrearlas desde Payernu a través del monte, bordear los prados pasando por detrás del invernal de Elías y bajarlas por Bejanu hasta llegar al Teju (estos datos solo para los que lo conocéis, al resto ya se que os va a sonar a chino, pero es importante un google maps zonal).

Únicamente me advierte antes de irse:

 ─la Leti anda a toru. Mira a ver si la tora de caminu,

 ─¡Sí hombre, justo ahora la va a torar!. ─le respondo con aire de suficiencia.

Cojo mochila, palo y chubasquero ─parece que va a llover─ y con Roko al lado, encamino las vacas sin problema, pero no transcurre ni un minuto cuando una de ellas empieza a montar a otra y el toro quiere unirse a la banacal, empieza a perseguirla. Se salen del camino, las vuelvo a traer y al llegar al torno donde las tengo que desviar, Charlton “¡con lo fácil que sería llamarle Bobby!” se pone a montar a la Leti y como la vaca no “espera”, desde que la monta hasta que consigue deshacerse de él,  conlleva un desplazamiento de 20 metros a una velocidad de vértigo ¡por el camino que no tienen que ir!.  Más tarde me entero –lo que no quiere decir que lo entienda─ que una vaca puede andar a toro (estar en celo) pero no esperar, es decir, no estar receptiva aún. ¡Se tiene que poner a fuerza de insistencia!. ¡Que rara es la naturaleza a veces!.

  

 

Dejo dos atrás y corro detrás de las que se escapan camino arriba por una pendiente inclinada (excesivamente pindia), pero si yo corro, ellas corren más. Pasan la Fuente los Pastores y yo ya estoy sin resuello (pienso algo que no voy a decir aquí). Intento acarear las que quedan atrás para ver si las otras vuelven, pero como estas tienen las crías adelante, me esquivan sin ninguna dificultad y se unen al grupo. Paro y tomo aire “mi corazón revolotea como un pájaro enjaulado, para o morirás en un camino”. Ya alcanzan el sestil de Pandechunu, retomo la marcha tras ellas y no sé por qué motivo (les ha dado otra ventolera), se tuercen ellas solas hacia el chozu. “¡ya está, ahora las ladeo por arriba y las reconduzco al camino!”, pero ¡que vá! Roko que ha decidido intervenir otra vez, empieza a ladrarlas y las vacas salen en estampida alisnando vaguada abajo. En menos de un minuto descienden 300 metros “¡para que hablas de números si calculas fatal!” y vuelven al punto de partida a pacer tranquilamente.

Reinicio recorrido, esta vez un poco más avispada poniendo toda la atención antes de llegar al torno de la encrucijada. La Leti sigue montando a la otra (no sé como se llama) y revolucionando al resto “¡como puede ser tan puta una vaca con nombre de reina!”. El toro vuelve a la acción. Ya estoy muy enfadada, las grito, insulto... y en una de esas,  BobbyBig me mira desafiante “bueno, o simplemente me mira” y por unos segundos entro en pánico, sólo veo unos cuernos retráctiles como el miembro toril, pero reacciono y me digo, ¡este a mi no me amedrenta!, le doy unos palos y corro a esconderme detrás de unas escobas, por si acaso. ¡Qué decisión más inteligente!, otra vez salen disparadas camino abajo como si les hubiese picado la mosca. “¿Como una mole de carne con patas que pesa cerca de mil kilos puede desplazarse a esa velocidad?". Ya están otra vez en la casilla de salida.

Desando el camino completamente desmoralizada. Tengo una llamada perdida de Berto (no se ve por la niebla pero escuchará los cencerros y deducirá que tengo dificultades), le llamo pero no hay cobertura. Bajo convencida de que a la tercera va la vencida. Si no consigo pasarlas el torno me voy para casa (o a coger rebozuelos) y que les den.

Vuelta para arriba. Misma faena. En un momento dado se activa la música del móvil, una pieza de Paganini que desintencionadamente sale por defecto “¡a ver si es verdad que la música amansa a las fieras!”, en el silencio que envuelve la espesura de la niebla parece que reaccionan a la misma o, por un momento ilusorio, eso me creo yo.

Oigo vocear a Berto a lo lejos pero ni le contesto, ¡de qué me sirve!. Consigo enveredarlas por el sendero del torno que se adentra en el bosque “¡Ahora será más fácil!” y a los pocos metros escucho la voz del todopoderoso que ha venido en mi ayuda. Las conducimos sin ningún problema, como si fueran corderos a punto de ser degollados. Tengo la sensación de que me han tomado el pelo. “Abrevia Tina, ¿quién se va a leer este tocho pastoril?”.

Durante un buen rato todo va bien pero vuelven a hacernos rabias (casi que me alegro porque la sensación de inutilidad se hace colectiva). Los amantes escapan prados arriba a su bola, las otras se desbandan para el lado contrario, una de ellas se traba con la cuerda del pastor y la arrastra varios metros enredándola entre brezos y escobas, casi le engancha una pierna a Berto “Dios no lo quiso porque se la hubiera amputado”. Está jarreando, camino entre “llamizales” y ya me da igual sortear las pozas porque llevo caladas hasta las bragas.

Cuando llego a casa estoy fatigada, destemplada, muerta de hambre y chorreando agua. Tengo unas ganas tremendas de llorar, pero no lloro.

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Thursday, 07 July 2016 22:36

DOBRES Y CUCAYO A VISTA DE DRON

 

 

 

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Saturday, 05 March 2016 18:09

LA DURACIÓN DE UN INSTANTE

 

Despierto, abro los ojos. Acaba de amanecer. Mi primer pensamiento es el incesante anuncio de nevadas. Anoche cuando me acosté, nevaba. Por la inusitada claridad y el silencio sepulcral, intuyo que ha caído un buen manto. Me levanto y me acerco a mirar por la ventana con la misma emoción de un día de Reyes años atrás. Me asomo con cautela, como si la nieve acumulada dependiera de mi vista. “—¡Bah, no es para tanto, no llega a una cuarta!”.

 

Son casi las 9, me visto y salgo a la calle. Me quedo clavada en la puerta seducida por la imagen que se abre ante mí. Está todo cubierto de un blanco inmaculado, sólo algunos elementos verticales (paredes, peñas, troncos de árboles) rompen la pureza. “—¿Cómo sería verlo a vuelo bajo?”.

 

El polvo níveo adopta las formas donde se ha posado con una suavidad enternecedora, como si hubiera un pacto mudo de no agresión entre el cielo y la tierra. No hay sonidos, hasta las aguas bravas del Ríofrío están calladas. No hay movimiento, excepto las volutas de humo que asoman por un par de chimeneas. No hay pueblo, ni personas, ni animales; incluso los pájaros han enmudecido. 

 

La quietud es extática (si fuera en negro sería inquietante). El cuerpo mañanero es cálido, solo advierto el frío en la piel descubierta. Aspiro profundamente intentando llenarme, noto un cañón helado subiendo por mis fosas nasales; los pulmones se hinchan expectantes, sin embargo, no se produce ninguna fusión. “—¿Qué esperabas?”

Me encamino hacia la Posada. Ni siquiera verdea Bárago. Alzo la vista al cielo, el azul es profundo, invariable, ausente de nubes. Dependiendo de donde mire, solo se aprecia una paleta de dos colores. Me recuerda a Kandisky, ah no… ese otro, el francés, Klein, Yves Klein.

Una mancha iridiscente se desliza por la peña del túnel; el sol que anuncia marzo se ha vuelto madrugador. Empiezo a sacar fotos con el móvil pero en cada disparo, además de temer que se pueda romper el hechizo, pienso “¡qué tontería, ni el mejor objetivo del mundo podría captar esto!” así que lo vuelvo a guardar.

 

Rodeo la casa observando las formas voluptuosas que cubre todo. Las cuerdas del tendal han engordado tanto que se me antoja una hamaca ibicenca. Los cables parecen un entretejido de armiño sobre los tejados. Los árboles, antes con las ramas desnudas, tienen el aspecto de copos de nieve gigantes dibujados por un lápiz juguetón. El cercado del prado de arriba es una sucesión geométrica de cuadros perfectos. Del enebro, acebos y tejos cuelgan figuras que me recuerdan las gárgolas, no, mejor fantasmas traviesos jugando al escondite (las gárgolas siempre tienen algo de siniestro). Las mesas y las sillas del jardín parecen cubiertas por sábanas en un desván a cielo abierto. 

 

¿Por qué aguzo los sentidos como si viera la nieve por primera vez?, es como si fuera un espejismo que en cualquier momento va a desaparecer. ¡Eso es!, ¡el sol!. Estoy tan absorta que me olvidé de él. ¿Por qué tiene esa manía de correr?. Avanza dionisiaco y contrariamente me dan ganas de gritarle: ¡espera! ¡todavía no!. ¡Qué frágil y delimitada es la línea entre la vida y la muerte!. Lo que hasta ahora era un blanco lechoso se torna gris plomo. El paisaje se vuelve sombrío y pierde intensidad ante la luz cegadora que va ganando terreno. Desplazo la mirada a este nuevo escenario. 

 

Se inicia una danza tímida, primero se sacuden los alambres y las superficies más vulnerables. El ritmo se acelera, los árboles se desperezan y arrojan haces de polvo luminoso. En unos minutos, el espectáculo llega a su punto álgido, me sugiere un festín de boda que termina en bacanal: vuelan velos, bombines, medias, flores, confetis… Mientras, la tierra lo acoge todo sin rechistar, como un gran lecho maternal. 

 

Las gallinas buscan avezadas donde picotear. Oigo el ruido de un Land Rover que se acerca. Los terneros están brincando por la era y vuelvo a escuchar el trino de los pájaros. Ya están todas las chimeneas de Cucayo encendidas. Es hora de preparar el desayuno para los huéspedes. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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