RECUERDOS DE UN DÍA DE REYES cuarenta y pico años atrás

Hace ya algún tiempo, un psicólogo me preguntó si recordaba cuando había sentido por primera vez lo más parecido a una crisis de ansiedad, a lo que le respondí casi de inmediato: cualquier víspera de Reyes; una sucesión de “ysis” mentales se apoderaba de mí.

No se ponían de acuerdo. Unos decían que los Reyes Magos llegaban por la carretera y esperaban en los túneles a que estuviéramos dormidos, otros, que subían por Las Retuertas y a nosotros nos daba exactamente igual, porque estábamos convencidos de que venían perfilando las aristas de las montañas que tenemos enfrente.

A última hora de la tarde, colocábamos la zapatilla en la repisa de la ventana del cuarto de mis padres, que era casi tan grande como la mesa de comer. Poníamos las de los domingos que estaban más limpias, menos viejas y por orden: papá, mamá y de seguido las nuestras por tamaño. También dejábamos una lata redonda con pienso para los camellos. A los Reyes no les dejábamos nada. Ahora, ya de adulta, creo entender el porqué: Si los hombres corrientes siempre tenían la comida dispuesta en la mesa, estos, que además eran magos, podrían tenerla cuando, tanto y donde quisieran.

Nada más empezar a oscurecer, los cuatro hermanos nos poníamos en hilera a escudriñar el horizonte a ver quién era el primero que conseguía verlos; teníamos claro, que para llegar pronto por la mañana, ya debían estar en camino. En ese momento empezaba a inquietarme: “¿Y si alguno de los camellos se perniquiebra y no pueden llegar?”. La mayoría de esas cumbres no entrañan dificultad, pero hay una, la peña del Castru, que sobresale del resto y se eleva hasta el cielo como una pared vertical. Además, teníamos la creencia de que los camellos, a diferencia de los burros o los caballos, eran animales muy torpes que estaban acostumbrados a caminar por el desierto, no por montañas tan pindias. “¿Y cómo saben ellos que tienen que empezar a bajar al llegar a La Panda la Sera?”.

Recorrido de bajada de los Reyes Magos

Esa noche, obedecíamos a la primera cuando nos mandaban a la cama con el apremio de que no podíamos estar despiertos cuando vinieran los Reyes. Ya en la cama, me costaba conciliar el sueño: “¿y si se les acaban los regalos antes de llegar?”. Según el recorrido que hacían, nuestra casa era la última, porque una vez en La Panda descendían por La Cuevará, pasaban por La Cruz, después Las Nogaletas y por último cruzaban el río que hay detrás del pueblo. “¿Se habrán enterado de aquella y esa otra vez en que me porté mal? ¿y si este año son más pobres? ¿y si nieva mucho?, tienen las patas largas, pero igual se pierden porque no encuentran el sendero, ¿y si resbalan en algún tejado y se matan?, supongo que ya teníamos alguna noción sobre Papá Noel porque los Reyes Magos, una vez que llegaban al pueblo, se desplazaban por los tejados y bajaban por las chimeneas. ¡Uhy!, calla, calla, se oye algo, ¡que no se enteren que estoy despierta!”. Así, hasta que me vencía el sueño y la preocupación seguía en forma de micro pesadillas.

Los tejados del pueblo. Las farolas no existían por aquella época.

Por la mañana despertábamos pronto y, para no demostrar impaciencia, esperábamos un poco a ver quién se movía el primero. Sin ninguna señal previa, saltábamos de la cama en estampida hasta la habitación de mis padres. Ellos permanecían en la cama disfrutando de nuestras reacciones. La primera sorpresa era que las zapatillas estaban desplazadas y solo con algunos dineros dentro, el resto era un batiburrillo de regalos colectivos; teníamos que deducir qué era para quién y ya empezaba la guerra. No recuerdo en su totalidad en que consistían pero básicamente eran de dos tipos: uno de ropas menores (pañuelos, mudas, calcetines), otro de dulces navideños (peladillas, almendrados, turrón, polvorones, etc.). En cualquier caso, era maravilloso, porque el segundo grupo no formaba parte de lo que mi madre guardaba en el arca de esto-no-se-toca, ¡eran nuestros y podíamos comerlos a nuestro antojo!. A veces, también se colaba algún libro de cuentos usado o unos retales con motivos marineros que se repetía año tras año pero que nunca llegamos a lucir en un vestido.

Ese día para desayunar, mi madre nos preparba chocolate con turrás y después íbamos a misa. A la salida nos juntábamos con los otros niños del pueblo y comentábamos los regalos. Es curioso como competíamos; más que el qué, lo importante era cuánto; así que engordábamos los presentes para que nos salieran muchos y, y, y…  Algunos hablaban de carbón y nosotros presumíamos de no saber cómo era; por lo que nos decían, algo similar a las brasas apagadas de la lumbre. Entre toda la recría, había unos hermanos a los que siempre les traían cosas insólitas como unos “patos pelaos”; sí, os explico: la parte inferior de las patas de una cabra u oveja.

La celebración de ese día tan especial, incluía investigar los movimientos de los Reyes. Recorríamos todos los caminos del pueblo para ver quién encontraba más huellas ─casi siempre había nieve─, y determinar hacia donde se dirigían: La Sierra, El Pandu, La Fuente, El Jontrón… Daba igual que fueran de camellos, reyes o pajes, lo importante era ser el primero en identificarlas. Ya de grandes, nos enteramos de que Fidel, un vecino del pueblo, soltaba de mañana sus yeguas, para contribuir, como tantos otros, a crear tan fantástico escenario.

Alargábamos la magia todo lo que podíamos. Lo siguiente, era ir a ver que nos habían dejado en casa de nuestros tíos (Eloína y Zacarías), sabiendo de antemano que no nos iban a defraudar, no tanto por los regalos en sí ─que también─, si no, por que estos iban siempre personalizados. Cada bolsita tenía una pegatina con nuestro nombre. ¡Aquello ya era la pera!. 

Hubo un año, en que, para nuestra sorpresa, los Reyes empezaron a ser más espléndidos. Supongo que tuvo mucho que ver que nuestras hermanas mayores ya estaban sirviendo en Madrid, porque ese año ─no sé cuál─, todos recordamos con precisión lo que nos trajeron: a Luisina un neceser verde redondeado que llevaba un espejo en la tapa y un montón de rulos, horquillas de colores y multitud de cachivaches para el pelo; a Berto un tren de colores hecho con latón que tenía tres vagones; a Ana unos pantalones de pata de gallo grises que le parecieron espantosos y a mi un libro de tapa dura, blanco y cuadrado que contenía tres cuentos: El príncipe valiente, Los tres duendecillos y Hansel y Gretel.

La gran catarsis se produjo el año que nos trajeron Los Juegos Reunidos de Geyper y el no va más, cuando recibí mi primera muñeca a los 9 años. Lo que pasa es que con tanto recuerdo, ya no tengo claro si me la trajeron los Reyes Magos o fue un regalo por mi Primera Comunión.

¡Qué mas da!.

18 respuestas

  1. Con qué poco nos conformábamos entonces y cuánto de bueno nos rodeaba sin ser conscientes de ello, verdad?…maravilloso relato. Gracias por compartirlo 🥰🥰

  2. ❤❤❤😍Eres una mujer muy especial, narrando y viviendo tu vida,una mujer que viene de una familia muy especial, que forman mujeres y un hombre increibles😘😘😘😘😘, se os quiere❤

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